Jose Antonio Cayuelas Grau/ agosto 11, 2020/ -Destacado-, -En Portada-, Arte, Cine/ 0 comentarios

Desde éste peculiar verano os ofrezco una nueva invitación al cine.

Ante el creciente número de contagios del infastuoso coronavirus animo a que nuestra actitud sea ejemplar y ante la COVID-19 constituyamos un frente inexpugnable convirtiéndonos en

La legión invencible

 TÍTULO ORIGINAL: She Wore a Yellow Ribbon

AÑO: 1949

DURACIÓN: 103 min.

País: EE. UU. de América

DIRECTOR: John Ford

GUIÓN: Frank S. Nugent y Laurence Stallings

MÚSICA:  Richard Hageman

FOTOGRAFÍA:  Winton C. Hoch

PRODUCTORA: RKO

GÉNERO: Oeste.

REPARTO: John Wayne, Joanne Dru, John Agar, Ben Johnson, Harry Carey Jr., Victor McLaglen, Arthur Shields, George O’Brien, Mildred Natwick

SINOPSIS: Las tribus indias planean unirse para una guerra total contra los blancos. Brittles, un veterano capitán de caballería, recibe la orden de evitar las concentraciones de indios, al tiempo que debe escoltar a la esposa y a la sobrina de su comandante. Además, ha de impedir que un traficante venda una partida de armas a los indios. Esta triple misión será la última del capitán antes de su jubilación.

PREMIOS. En el mismo año de su producción obtuvo el Oscar a la mejor fotografía (en color)

Pin de Jose M em LOBBY CARD FILMS em 2020 (com imagens) | Cinema
Créditos de la imagen: Pin de Jose M em LOBBY CARD FILMS em 2020 (com imagens) | Cinema

 

 

La legión invencible

“She Wore A Yellow Ribbon”

 

Al Oeste de Ítaca

“Al final de un ciclópeo viaje sobre los bordes de edades y universos, el centauro emigrante se ve forzado a iniciar otro viaje, más largo y penoso, en busca de un nuevo, definitivo y aún más lejano territorio: el oeste del Oeste.”

Más allá del Oeste -Ángel Fernández Santos-

 

En lo alto de una colina, cuya silueta raya la roja luz crepuscular se levanta la piedra de una lápida, es el mojón que marca la frontera, a un lado la vida, al otro la muerte. A este templo, a la vez hostil y familiar, acude el centauro; en su ara ofrece el pasado, orando por el futuro que ha de venir, pero mientras tanto, alarga el presente. Es un valiente.

– “No se disculpe, es señal de debilidad”.

El paisaje es inhóspito, parece vacío de materia y tan solo las torres de majestuosos hormigueros permanecen erectas; centauros y uros se mueven siguiendo los secos meandros horadados en la tierra, son la sangre que cauteriza las heridas del tiempo y dejan las cicatrices de la vida.

– “¿Ha visto algún búfalo?

– No, Señor.

– ¡Ah!, es demasiado joven.”

Pero no estamos, únicamente, ante una frontera geográfica y temporal. Se nos muestra, a la vez, una frontera existencial. El centauro teme cruzarla, pues al otro lado se encuentra desubicado y, como en el bolero, parece que le pide a su flamante reloj de plata que no marque las horas. Estamos pues ante una frontera sin límites definidos, una frontera tamizada por un ardiente carmesí tras el que se vislumbra un más allá donde la tierra se alarga, las distancias no se agotan, y los tiempos caminan hacia la eternidad. El centauro se convierte en leyenda y la leyenda en mito. El mito cruza una frontera espiritual.

Todo este devenir necesita la presencia de la mujer, necesita a Penélope tejiendo y destejiendo el tiempo; ella permanece ahí, con su cinta amarilla, “she wore a yellow ribbon”, coqueteando entre los hombres, a sabiendas de que al final se quedará con el centauro, con el valiente, con la leyenda que formará parte del mito.

Espacio y tiempo, historia y leyenda, materia y espíritu, opuestos a un lado y otro de la frontera fluyen narrativamente en la obra de John Ford, en su Odisea del Oeste, traspasando él mismo los límites de la realidad y convirtiéndose en el Homero de la épica norteamericana.

– “My name’s John Ford. I make westerns.”

El cine traduce emociones y Ford, a través de sus películas llenas de fuerza y sencillez, nos hace sentir el olor de los barracones militares, el polvo de las cabalgadas por lugares desérticos, el cansancio del viaje existencial de sus héroes. Ford nos hace sentir el cine, y sus películas nos obligan a atravesar esa frontera de la vida e iniciar la andadura hacia nuestra particular Ítaca.

Manuel García Pérez y José Antonio Cayuelas Grau

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