Alejandra Hernandez/ julio 24, 2020/ -Destacado-, -En Portada-, Comarca Vega Baja del Segura, Orihuela, Pilar H., Rafal, Redován, Rafal/ 0 comentarios

LA GRIPE DE 1918 Y MIS ABUELOS PATERNOS

Antonio Mula Franco. Cronista de la Villa de Rafal

Con esta crónica me gustaría recordar a cientos y cientos de personas, alrededor de 50 millones, según las crónicas del momento, que murieron por la pandemia, llamada la “gripe española”. Entre ellos, y en nuestro pueblo de Rafal, mis abuelos paternos. No me cabe la menor duda que serían muchas más las personas que fallecieron y me gustaría que su recuerdo perdurara a través del de ellos. Del mismo modo, me gustaría recordar a los cientos de fallecidos por el Coronavirus de 2020.
Hace un siglo y dos años que en España hubo una gran epidemia, llamada la “gripe española”, en la que murieron, según cuenta la prensa del momento, alrededor de 50 millones de personas en todo el mundo. No tengo constancia de más personas, pero sí referencias según mis padres de mis abuelos paternos, Antonio y Antonia. Antonio Mula Velasco murió por la “gripe española” en 1918 a la edad de 23 años, el mismo día que su esposa, Antonia Gómez, dejando el único hijo que tuvieron de 40 días, Antonio Mula Gómez, mi padre, que los conoció a través de la única foto que hemos conservado en la familia y que abre esta crónica. Fue adoptado para su crianza por su tío Blas Mula Velasco y Beatriz Martínez junto con su abuelo Blas Mula García, siendo su ama de leche, la tía Virtudes, “la Milocha”.
La mal llamada “gripe española” de 1918, que surgió en realidad entre los soldados norteamericanos que luchaban en Francia durante la primera guerra mundial, fue, con sus de 50 a 100 millones de muertos, la mayor de las epidemias sufridas por la Humanidad desde la Peste Negra medieval y la causa de la mayor de las matanzas del siglo XX. Laura Spinney recupera la historia de una epidemia que figura en nuestros libros de historia como una simple anécdota para mostrarnos hasta qué punto contribuyó a cambiar la historia del mundo, y lo hace en un libro fascinante, “El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo”. Ed. Crítica, que va siguiendo el rastro de la enfermedad por el mundo entero, de Zamora a Río y de las minas de Sudáfrica a Alaska, y contándonos historias personales que iluminan el drama colectivo.
A caballo entre la historia y la ciencia, el libro es un completísimo recorrido por la epidemia más mortífera de los últimos siglos, desde sus orígenes inciertos hasta sus consecuencias, analizando con igual rigor los aspectos científicos e históricos. Una delicia de libro que recomiendo a quien quiera saber más.
Durante este periodo también he vuelto a releer a dos importantes autores literarios que me permito recomendarles por sus magníficas descripciones acerca de la famosa gripe del 1918. A Josep Pla, escritor catalán con su “Cuaderno negro” y al escritor y periodista Miguel Delibes, en su obra “Mi idolatrado hijo Sisi” para que cada uno saque sus conclusiones.
A diferencia de otras epidemias de gripe, que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables, y animales, entre ellos perros y gatos. Lo más desconcertante fue que este virus atacaba principalmente a adultos sanos y fuertes. La “gripe española” cambió todos los patrones.
Fue una de las primeras pandemias de la que se tienen documentos escritos y fotografías que nos permiten ver cómo afectó al mundo.
Hacía ya cuatro años que había empezado la I Guerra Mundial y los gobiernos no querían que la gente se asustara todavía más. Así que muchos países decidieron censurar las noticias sobre la gripe y esconder que buena parte de sus soldados estaban muriendo por culpa de la enfermedad.
La guerra había provocado mucha destrucción y los países no tenían recursos materiales ni económicos para hacer frente a la enfermedad. Por ello, se la considera una de las peores pandemias de la historia.
Fue una epidemia que no entendía de fronteras ni de clases sociales. Esta cifra de muertos, que incluía una alta mortalidad infantil, se considera uno de los ejemplos de crisis de mortalidad.
¿Por qué se llama gripe española? Tras registrarse los primeros casos en Europa, la gripe pasó a España. Éramos un país neutral en la Iª Guerra Mundial, que no censuró la publicación de los informes sobre el desarrollo de la enfermedad y sus consecuencias, a diferencia de los otros países centrados exclusivamente en el conflicto bélico. Ser el único país que se hizo eco del problema provocó que la epidemia se conociese como la “Gripe Española”, aunque también se le llamó la gripe “Soldado de Nápoles”. Y a pesar de no ser el epicentro, España fue uno de los más afectados con 8 millones de personas infectadas y 300.000 personas fallecidas. El nombre erróneo perduró hasta nuestros días.
En 1918 los científicos todavía no habían descubierto los virus, por lo tanto no había pruebas de laboratorio para diagnosticar, detectar o caracterizar los virus de la influenza. Los métodos para prevenir y tratar la enfermedad tenían limitaciones. No había vacunas para protegerse contra la infección por el virus de la pandemia, medicamentos antivirales para tratar la enfermedad, ni antibióticos para tratar las infecciones bacterianas secundarias como la neumonía.
Los esfuerzos para prevenir la propagación de la enfermedad estaban limitados a intervenciones no farmacéuticas, como la promoción de una buena higiene personal, la implementación del aislamiento, la cuarentena y el cierre de lugares públicos como las escuelas y los teatros. En algunas ciudades se impusieron ordenanzas que exigían el uso de mascarillas en público. En la ciudad de Nueva York incluso había una ordenanza por la que se multaba o encarcelaba a las personas que no se cubrieran al toser.
Los primeros estudios comenzaron de manera eficaz en 1931 y fue en los años cuarenta cuando el ejército de los Estados Unidos desarrolló las primeras vacunas inactivas aprobadas para la gripe, que se utilizaron en la II Guerra Mundial.
Ante la pandemia mundial del año 1918 aparecieron y se publicitaron miles de remedios milagrosos. Los médicos también utilizaron todos los recursos a su alcance, desde el antiguo arte de sangrar a los pacientes, administrarles oxígeno, hasta suministrar cantidades enormes de aspirinas.
Se trataron de desarrollar nuevas vacunas y sueros, principalmente contra varios tipos de neumococos y lo que ahora llamamos Haemophilus influenzae. Solamente una medida terapéutica mostró algún éxito y fue la transfusión de sangre de pacientes recuperados a nuevas víctimas.
La censura y la falta de recursos evitaron investigar el foco letal del virus. Ahora sabemos, que fue causado por un brote del virus A, del subtipo H1N1. A diferencia de otros virus, que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables entre 20 y 40 años, tal y como hemos indicado con anterioridad, una franja de edad que probablemente no estuvo expuesta al virus durante su niñez y no contaba con inmunidad natural.
Los síntomas propios de esta enfermedad eran fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales. La mayoría de las personas que fallecieron durante la pandemia sucumbieron a una neumonía bacteriana secundaria, ya que no había antibióticos disponibles.
Sin embargo, la gente moría rápidamente después de la aparición de los primeros síntomas, a menudo con hemorragia pulmonar aguda masiva o con edema pulmonar, y con frecuencia en menos de cinco días.
Tras cientos de autopsias realizadas en el año 1918, los hallazgos patológicos primarios se limitaban al árbol respiratorio, por lo que los resultados se centraban en la insuficiencia respiratoria, sin evidenciar la circulación de un virus.
Al no haber protocolos sanitarios que seguir, los pacientes se agolpaban en espacios reducidos, sin ventilación, los cuerpos en las morgues y los cementerios. Por aquel entonces, se haría popular la máscara de tela y gasa con las que la población se sentía más tranquila, aunque fueran del todo inútiles.
Sorprendentemente, en el verano de 1920 el virus desapareció tal y como había llegado.
¿Qué tienen en común la pandemia actual, llamada coronavirus, con la de 1918?. Ambas tienen unas curiosas semejanzas, como la poca importancia que tuvieron al principio. Pero también hay aspectos imposibles de saber, pues a día de hoy se sigue luchando para conseguir vencer.
A diferencia con la actual, atacó más a jóvenes y adultos sanos y a animales, como perros y gatos. Y, como el coronavirus, no distinguió de jerarquías, ya que personas más conocidas, como el rey Alfonso XIII, enfermaron.
Se cerraron universidades y colegios, y las mascarillas volvieron a jugar un papel importante. Los hospitales se desbordaron ante la cantidad de casos. Cuando llegó el verano, el virus amainó. Pero la llegada del otoño volvió en compañía de la gripe con más fuerza. El sistema sanitario quedó mucho más desbordado y tuvieron que pedir, como en la actualidad, ayuda entre los estudiantes de medicina.
Encontré este poema, “And People Stayed Home”, escrito en 1869 por Kathleen O´Meara, reimpreso durante la “gripe española”, la pandemia de 1918-19, que me ha parecido oportuno citar en esta crónica.
Es un poema atemporal, ya que refleja, casi literalmente, lo acaecido hace más de un siglo e ilustra los quehaceres de las personas que hemos sufrido el confinamiento durante esta pandemia de 2020.

“Y la gente se quedaba en casa
Y leyeron libros
Y escucharon
Y descansaron
E hicieron ejercicios
E hicieron arte y jugaron
Y aprendieron nuevas formas de ser
Y se detuvieron y soñaron más profundo
Alguien meditó, alguien rezó
Alguien se encontró con su sombra
Y la gente empezó a pensar diferente
Y la gente sanó.
Y en ausencia de personas que
Vivieron de manera ignorante,
Peligroso, sin sentido y sin corazón,
la tierra también comenzó a sanar.
Y cuando el peligro terminó y
Las personas se encontraron,
Se afligieron por los muertos
E hicieron nuevas elecciones
Y soñaban con nuevas visiones
Y crearon nuevas formas de vivir
Y sanó completamente la tierra
Justo cuando fueron sanados”.

Como descripción de dicha situación, también he encontrado el Boletín Oficial Extraordinario de la provincia de Burgos, del 4 de octubre de 1918, siendo Gobernador D. Andrés Alonso López, una circular que nos retrotrae hasta estos momentos vividos en 2020 y que dice:
“La Junta provincial de Sanidad de mi presidencia, en sesión celebrada en el día de hoy, adoptó el acuerdo siguiente:
Vista la comunicación del Inspector provincial de Sanidad manifestando que la epidemia de gripe aparecida hace algunos días en la Capital y en algunos pueblos de la provincia se extiende considerablemente, invadiendo numerosos pueblos y produciendo mortalidad, esta Junta, teniendo en cuenta lo dispuesto en los artículos 153 y 154 de la Instrucción general de Sanidad y en la Real orden de 21 de abril último, acuerda declarar la existencia de aquella epidemia en la provincia de Burgos.
Lo que se publica en este periódico oficial para conocimiento de las Autoridades y del público en general.
Burgos 4 de octubre de 1918. El Gobernador-Presidente, Andrés Alonso y López.
Habiéndose cometido por algunos pueblos la imprudencia, a pesar de lo dispuesto por este Gobierno civil en la circular inserta en el Boletín de 25 del mes último, de celebrar las fiestas de la localidad, dando origen con ello a que se haya difundido rapidísimamente la epidemia de gripe entre el vecindario, creando con ello situaciones angustiosas para dichos pueblos, vuelvo a reiterar a los que todavía no estén convencidos del grave peligro que esto encierra, que se abstengan terminantemente de celebrar dichas fiestas o reuniones. La triste experiencias de lo ocurrido en otros pueblos como Los Balbases, donde fueron unos mozos a la función de Villaquirán, contrayendo allí la enfermedad y habiéndose celebrado a continuación los festejos en el primero de dichos pueblos, en pocos días llegó el número de atacados a 800, de los 1200 vecinos que lo habitan, nos ha servido de ejemplo además de ser aconsejado ya por la ciencia antes de ahora. Por tanto, estoy resuelto a castigar duramente, como ya se ha hecho en algún caso, a los incumplidores de esta disposición.
Asimismo recuerdo que la infección se propaga por las gotitas de saliva que despide el que habla, tose, etc. a nuestro lado, al ser respiradas por los que le rodean, si está enfermo o convaleciente. Que se abstengan, en consecuencia, de permanecer en locales cerrados, mal ventilados, donde se reúne mucha gente, como tabernas, cafés, etc. Que se extreme la limpieza de las casas. Que se tengan abiertas todo el día las ventanas de los dormitorios y se ventilen con frecuencia los locales donde permanezcan durante todo el día. Estar en el campo el mayor tiempo posible porque el aire libre, el agua y la luz son los mejores desinfectantes en esta ocasión. Tener mucha limpieza de la boca, y en una palabra, seguir los consejos del Médico y desoír a los ignorantes que os invitan a beber alcohol o consumir tabaco como remedios preventivos por ser sus efectos en esta ocasión más nocivos que nunca”.
Como siempre que he tenido ocasión, he dicho que la Historia no hay que olvidarla para no volver a repetirla, aunque también es cierto que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Sin embargo, viendo el Boletín de Burgos, podemos comprobar, que a pesar de todas las recomendaciones establecidas en dicho documento, tal y como nos ha pasado en estos momentos, la irresponsabilidad ha sido una de las armas esgrimidas por muchos a pesar de la gravedad de los hechos.
Las reflexiones ante todos los estudios históricos sobre el tema y ante la situación en la que nos encontramos es bastante clara. Hay que ser muy pragmáticos porque lo mejor suele ser enemigo de lo bueno: hay que evitar, antes que cualquier otra cosa, que la economía, la situación de las empresas y las condiciones de vida de la gente se deterioren. Y, además, hay que luchar contra la polarización política y tratar de evitarla por todos los medios. Insistir hoy día en una estrategia de confrontación entre derecha e izquierda es la forma más rápida y segura de provocar un choque social de consecuencias nefastas que sufrirán en mayor medidas las clases trabajadoras y las personas menos favorecidas. Es imprescindible diseñar un proyecto político de mucha más amplia mayoría, basado en la defensa de los derechos humanos, de la democracia, de la transparencia, la libertad, la solidaridad y la justicia.

Mi más entrañable recuerdo para los que murieron en el 1918 y ahora en el 2020, ya que mientras les recordemos seguirán en nuestra memoria, en la del tiempo y en la del aire, aunque parafraseando al poeta, Miguel Hernández, “por dolernos nos duela hasta el aliento”
Descansen en paz.

Para leer otras crónicas de Antonio Mula Franco ir al enlace:

http://www.rafal.es/cronista/

 

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