LAS MASSIELES

Gabriel Martinez/ junio 10, 2021/ -Destacado-, -En Portada-, Gente del Pueblo, Rafal, Relatos y semblanzas/ 0 comentarios

 

Para Inmaculada Navarro, Inspiradora de estos recuerdos y objeto de una tierna pasión.

Las Massieles

Eran todas iguales, las cinco. No es que se parecieran, pero vestían igual, andaban igual, hablaban igual y, sobre todo, se peinaban igual. Pelo largo, lacio, cayendo sobre los hombros, y flequillo raso justo sobre las cejas. Sus nombres: Inmaculada, Chari, Reme, Carmen y Loli

Tenían un aire rebelde que, en aquellos años, las hacía únicas en el pueblo. Les gustaban los Beatles, los Rollings, y de los españoles los Bravos, y no todas las canciones.

No habían ido a Londres todavía —no tenían edad ni medios—, pero estaban a la última de lo que allí ocurría, ya fueran faldas minis o maxis, cinturones charolados o botas imposibles. Estaban, en una palabra, “in”.

Yo pertenecía a otra pandilla, la otra pandilla, más gris y opaca, con pocas pretensiones salvo divertirnos, que ni siquiera nos planteábamos parecer rebeldes a nuestros vecinos y que estábamos, sin saberlo, completamente “out”.

Las Massieles eran un planeta alrededor del cual giraban numerosos satélites. ¡Qué digo planeta! Eran un sistema solar, una galaxia, un universo. Todos los niños y niñas de la siguiente generación revoloteaban a su alrededor, observando, jugando, imitando, por llegar un día a parecerse a ellas.

Cada una tenía, por encima de lo similar, sus propias peculiaridades. Carmen era inteligente, firme y voluntariosa, con una pizca de mala leche; Chari, despreocupada, ojos grandes y labios carnosos, era, sin dudarlo, la más sensual y apasionada; Reme, pequeña, vivaracha, simpática y desbordante; Loli, seria, austera, siempre preocupada nadie sabía de qué; e Inmaculada, virginal y perversa al mismo tiempo, con la boca más apetecible y la mirada más diáfana e implacable que he visto nunca, mi favorita, no en balde había estado enamorado de ella desde que tuve uso de razón.

Ella era para mi una visión, un emblema, una bandera. La niña que me aceleraba el corazón y me hacía ruborizar con solo mirarme, mi gloria y mi tormento.

Cada año aparecía un fotógrafo por la escuela. Iba de clase en clase haciendo aquellas entrañables fotos escolares, en blanco y negro, con el mapamundi detrás nuestro. En cierta ocasión (yo debería tener unos nueve o diez años), por una extraordinaria conjunción de los astros cuyo origen y causa soy incapaz de comprender, quedaron dos niños para fotografiar el último día. Esos dos niños éramos ella y yo.

El fotógrafo, quizá porque tuviera prisa, o (eso es lo que me gustaba pensar a mi) porque creyera ver entre nosotros una relación más estrecha que la de meros condiscípulos, decidió que posáramos juntos para luego separarnos en el laboratorio.

El fotógrafo se equivocó, o eso pensó él; pero yo sé fue consecuencia de mis plegarias que no nos separara en el laboratorio. Decepcionado, estaba a punto de romper la fotografía cuando yo la reclamé como mía. Aquel año, Inmaculada y yo fuimos los únicos niños del colegio que no tuvieron su foto escolar, pero yo conseguí un tesoro que guardé durante años.

Esa foto, como tantas otras cosas, ya no existe. Ya en la adolescencia se la entregué como prueba de mi amor sin imaginar que, pocos meses después, aquel puro y extraordinario amor que se había prolongado por años, se esfumó como la niebla ante los primeros rayos del sol. Nos estábamos haciendo mayores.

En el pueblo, la década de los sesenta entraba sin sobresaltos en su recta final y los jóvenes nos sentíamos cada vez más preocupados por la política. Los mayores tenían todavía mucho miedo, de unos y de otros, de que la política solo sirviera, otra vez, para enfrentarnos. Nosotros, sin embargo, no teníamos miedo a nada ni a nadie, seguramente porque no habíamos sufrido las consecuencias de la guerra y la posguerra, y porque éramos la primera generación en treinta años que no éramos hijos de la ira, de la venganza, o del rencor.

Cualquier observador imparcial habría detectado que estaban ocurriendo cosas, y que esas cosas las protagonizaban los jóvenes. Cada vez más a menudo, los elefantes entraban en las cacharrerías y, cada vez más a menudo, les importaba menos.

De pronto vino la diáspora, y con ella el distanciamiento. Ecos del pasado, supe de ella, de ellas, por terceras personas, con el interés del arqueólogo que se regodea en lo que fue pero ya no es; del sociólogo que comprende que aquellas cinco chicas marcaron una línea divisoria, un antes y un después que, para bien o para mal, nos ha marcado a todos.

¿Qué ha sido de Las Massieles? No sé si quiero conocer la respuesta, porque de alguna manera, su destino es también el mío, el de todos nosotros.

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